Hábitos y comportamiento ¿Es posible cambiar? Parte 1: la teoría científica.

 

Hace unos días leí un texto sobre el proceso de la neurogénesis en la generación de nuevos hábitos. Este texto confirma lo que la ciencia yóguica nos enseña sobre cómo podemos modificar los hábitos mediante la práctica diaria continuada. En el yoga, esta práctica de una rutina de yoga es llamada sadhana (pronunciado sadhna), pero podemos aplicar el mismo principio a cualquier faceta de nuestra vida.

Compartimos con el resto de animales nuestra nuestra región límbica, la zona del cerebro encargada de gestionar respuestas fiosiológicas ante estímulos emocionales. Esto hace que actuemos con demasiada frecuencia en función de unas memorias emocionales innatas o adquiridas que, como dice el neurocientífico LeDoux, son indelebles y que se encuentran grabadas en nuestro subconsciente y es por este motivo que ante muchas de las situaciones que se nos presentan reaccionamos de forma automática. Seguimos los mismos patrones de respuesta una y otra vez, pero sin darnos cuenta de que nuestra reacción viene determinada por esas memorias emocionales que están grabadas en la amígdala y que son muy útiles cuando nos enfrentamos a una situación de supervivencia, pero no en situaciones cotidianas ausentes de peligro.

Podemos decir que el pasado condiciona nuestro presente en forma de memorias emocionales sin que, por lo general, seamos conscientes de ello. Éstas nos han podido llegar a través de herencias genéticas de nuestros padres o nuestros ancestros, de las emociones transmitidas por la madre al feto durante el embarazo, de experiencias emocionales tempranas en nuestros primeros años de vida y de experiencias vividas como adultos; incluso pueden provenir del entorno social y cultural en el que nos hemos desarrollado.

Estas emociones son independientes de nuestra voluntad y se imponen a ella, impidiendo que demos una respuesta racional a una situación que pertenece al presente.

¿Cuántas veces nos arrepentimos de reacciones que volvemos a repetir una y otra vez cuando se nos presentan situaciones similares?

¿Cuántas veces nos preguntamos por qué no podemos controlar nuestra respuesta?

¿Cuántas veces hemos dicho eso de “yo soy así, no puedo cambiar”?

Voy a citar a Santiago Limonche, mi profesor de terapia floral: “Tenemos que darnos cuenta de que en realidad sólo existe el aquí y ahora. Siendo conscientes de ello no reaccionaremos, al menos no con sufrimiento, aunque para ello nos falta mucho. Lo malo es cuando nuestro pasado se convierte en un presente continuo”.

Otro problema con el que nos encontramos es que en nuestra mente subconsciente se almacenan también muchas de nuestras creencias pero muy especialmente las adquiridas en el período prenatal, mientras estábamos en el vientre de nuestra madre, y en los primeros años de nuestra vida. Cuando estas creencias son positivas no hay problema, el problema viene cuando nos han inculcado creencias negativas y creencias irracionales, que generarán en nosotros patrones de comportamiento que van a bloquear de muy distintas maneras nuestro desarrollo como seres humanos sanos y felices. ¿Podrá sentirse seguro ante un nuevo reto alguien a quien de pequeño le han repetido muchas veces “es que tú no vales para nada”? Frases como ésta o, por ejemplo, “eres muy malo”, que constantemente oímos repetir a nuestro alrededor se instalan en el subconsciente del niño y condicionarán sus estudios, su comportamiento, su eficacia en el trabajo, sus relaciones sociales o de pareja… En su libro “La biología de la creencia”, Bruce H, Lipton señala: “no son nuestras genes, sino nuestras creencias las que controlan nuestra vida”.

Una de las creencias irracionales definidas por el psicoterapeuta Albert Ellis es la de que “mi pasado determina mi presente y mi futuro” y Goldberg, en su libro “El cerebro ejecutivo” nos dice cómo evitarlo: “en un sentido amplio, los lóbulos frontales son el mecanismo por el que el organismo se libera a sí mismo del pasado y se proyecta en el futuro”. En los lóbulos frontales, la corteza prefrontal, es donde se encuentran los circuitos neuronales asociados a la capacidad de modular y controlar nuestras reacciones emocionales; es la sede de las funciones ejecutivas, lo que nos distingue del resto de animales y nos hace humanos, y cualquier cambio en este sentido tiene que pasar por la activación y optimización de las mismas. La dificultad estriba en que hay muchas más conexiones nerviosas desde la amígdala hacia la corteza prefrontal que al contrario.

¿Cómo podemos entonces cambiar nuestros hábitos? Con constancia y las herramientas adecuadas, como veremos en los próximos artículos.

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